SOBRE DESEMPOLVAR NUESTRA OBRA
Los grandes son grandes porque los vemos de rodillas. ¡Levantémonos!
― Élisée Loustalot
Se nos ha preguntado tantísimas veces de dónde nace el nombre ‘Lobotomía’, pero poco se
sabe del origen de nuestro proyecto, cuál ha sido la razón o el detonante que ha movilizado
ese salto al vacío al que hemos temido todos en algún momento y al que algunos de nosotros, aún le tememos. ¿A qué le tememos? La respuesta no es clara, como si cada uno de nosotros tuviera dentro de sí tan solo nociones de una posible contestación a esa pregunta. Hablemos entonces de los hechos y déjenos contarle que usted y nosotros somos más parecidos de lo que cree. Pregúntenos cuántos textos hemos dejado sin terminar, o cuántas obras se han quedado a la mitad en esos lugares a los que tímidamente llamamos ‘espacios de creación’ como nuestro taller, nuestro estudio o simple y llanamente nuestra propia habitación; pregúntenos cuántas ideas se han quedado anotadas junto con otras decenas de proyectos que siguen allí, en donde sea que los apilemos. Sabemos que existen, pero no hemos hecho nada al respecto porque no tenemos el tiempo o el dinero, porque el cansancio no nos da o simplemente porque no creemos ser lo suficientemente buenos.
Pregúntenos también cuántas veces hemos ido a museos, a ferias y a galerías y hemos
anhelado con todas nuestras fuerzas ser nosotros los que llenamos de piso a techo las salas de
exposición, las librerías, los estudios de grabación con nuestras respectivas obras.
Si miramos hacía arriba, los veremos a ellos, artistas consagrados que lograron redefinir no solo los paradigmas de la creación en nuestro país sino que fueron capaces con su obra de reaccionar, de articular un lenguaje de cara a la sociedad en la que se encontraban para ese momento. En nuestro imaginario, nos encontramos constantemente con los maestros y maestras del siglo pasado. Todos ellos retratistas de una realidad poco satisfactoria como sabemos que es la nuestra. Vemos a Debora Arango, a Beatriz Gonzalez, a Feliza Bursztyn, a Fernando Botero, a Luis Caballero, a David Manzur; sin mencionar a los máximos exponentes de la literatura y de los demás lenguajes artísticos que en algún momento ya habremos mencionado. Sin embargo, fue solo hasta que decidimos finalmente ponernos de pie, o mejor dicho, manos a la obra, que nos dimos cuenta de que nunca estuvieron arriba o por encima de nosotros, sino que siempre estuvimos a su misma estatura y que al igual que nosotros fueron tan solo jóvenes desconocidos que padecieron las mismas dudas, el mismo síndrome del impostor que tanto daño causa y que nos paraliza. Nos dimos cuenta de que todos y cada uno de ellos pudieron sobreponerse a ese temor para poder mirarse de frente, horizontalmente, y hablarse ‘de tú a tú’ porque entendieron que el arte no es una expresión individual, sino que se construye de manera colectiva. Nos dimos cuenta de que Fernando, antes de ser el maestro Botero, siempre estuvo acompañado por Beatriz, Debora, Feliza, Luis, David, entre muchos otros. En palabras de Marta (Traba): «Los artistas se refuerzan los unos a los otros y aun cuando trabajan individualmente, se constituyen en generación sin ser propiamente un grupo porque están ligados por múltiples coincidencias».
Es por esto que en este primer número, exponemos claras intenciones a través de nuestro Manifiesto y salimos al mundo con ánimo de apertura, de ahí que hablemos sobre las revistas literarias como vectores para la difusión y objetos de investigación y experimentación; sobre la arquitectura como símbolo de una realidad alternativa y sobre cómo se busca descentralizar el arte, para democratizar el acceso a la cultura a través de la que será la primera bienal internacional de nuestra ciudad. Nos abrimos a ustedes como medio para tejer una trama sólida y ser el impulso creador que los anime a desempolvar los textos abandonados, las pinturas sin terminar, los proyectos olvidados y podamos entre todos, darle voz a las múltiples coincidencias que nos unen como generación.
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Alonso III Munévar