Fuera de foco y de esperanza
- Sofía Cepeda

- 12 nov
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 20 nov

Si alguien piensa que la historia del cine es solo una vitrina de genios con gafas de sol y egos inflados, tiene razón, pero solo en la superficie. Debajo del glamour superficial y las acrobacias publicitarias que prometen "salvar al mundo", hay un oscuro lugar donde residen los verdaderos magos del espacio y tiempo cinematográfico: los directores perdidos, pasados por alto o simplemente etiquetados como "los peores". Porque, al igual que en la vida, la fama en el cine rara vez está vinculada a la originalidad y está fuertemente relacionada con los bolsillos más insondables que pueden financiar una campaña de marketing.
Tomemos a Ed Wood, el santo patrón de los cineastas sin presupuesto y con un talento cuestionable, quien en su versión más amarga podría ser muy bien un héroe trágico de la economía creativa. ¿Cuál es su "obra maestra"? Plan 9 From Outer Space, una oda a la artesanía con cartón y la improvisación frenética, una metáfora perfecta de cómo el cine subvierte la idea del espacio: no importa que los decorados se estén desmoronando, o que haya un caos absoluto en las proporciones, lo que importa es el territorio soñador forjado donde la realidad es tan flexible como el presupuesto. En ese sentido, Wood no fue un director fracasado, sino más bien, el pionero involuntario del surrealismo de ciencia ficción de bajo nivel, el David Lynch del cine serie Z, es decir, si Lynch hubiera dirigido utilizando cinta adhesiva.

Pero Ed Wood no estaba solo en su sótano. El cine underground de los años 60 se esparció como un virus, trayendo nuevas maneras de entender el ritmo y la forma que van mucho más allá de un simple cronómetro o una cámara. Jonas Mekas, con sus diarios fílmicos que parecen cartas a un universo paralelo, nos hizo ver que la ciudad, esa bestia de acero y concreto, no es solo un mapa de calles sino un flujo de sensaciones, recuerdos y momentos efímeros. En sus manos, Nueva York se convierte en un ser vivo, en constante cambio y vulnerabilidad; una idea que podría aterrorizar a cualquier urbanista obsesionado con el orden. En sus “Fragmentos del paraíso”, el espacio cinematográfico se confunde con el tiempo, mientras el tiempo se pliega sobre sí mismo, creando paisajes emocionales donde el espectador navega sin brújula, disfrutando de perderse.
El cine de serie B, esa cantera de talentos que Hollywood a menudo ignora mientras se obsesiona con los estrenos de Marvel, se transformó en otro laboratorio donde la escasez alimentó una creatividad inimaginable. James Cameron, Sam Raimi y Coppola comenzaron con recursos que harían llorar a cualquier productor, pero tenían una ambición desmedida por explorar la espacialidad y la narrativa. Desde esa austeridad impuesta, aprendieron que el espacio no tiene que ser grandioso para resultar aterrador, intrigante o simplemente inolvidable. Pasillos oscuros y escenarios reciclados se convirtieron en telones de fondo para pesadillas y fantasías, recordándonos que el terror o la maravilla no dependen de la magnitud, sino de cómo se ocupa lo que allí se despliega.
Pero quienes realmente retaron la idea de que el espacio es un dato físico y fijo fueron cineastas experimentales como Stan Brakhage y Maya Deren, que entendieron que el espacio fílmico es una extensión de la mente y el cuerpo, un territorio fluido donde la percepción es la única regla. Brakhage, con su enfoque pre-lingüístico, nos recordó que, antes de las palabras o incluso la lógica, los humanos experimentamos un espacio colmado de sentimientos, un mar de sensaciones en constante cambio. Deren, por su parte, invitó a habitar la arquitectura de los sueños, donde la casa se convierte en un laberinto fragmentado y mutable, en lugar de un refugio. En sus películas, el tiempo no avanza linealmente, sino como un río que se bifurca y repliega, atrapando al espectador en un trance donde la realidad y la fantasía se entrelazan.
Olvidemos las cursilerías del “espacio poético” o la “arquitectura sensible”; en realidad, su origen fue pura necesidad. La falta de recursos obligó a filmar con lo que había: paredes a punto de caer, solares vacíos, estructuras frágiles; y a convertir la austeridad en un método. Lo que empezó como una improvisación para sobrevivir se transformó en una forma legítima de pensar y habitar el espacio dentro y fuera de la pantalla, con una creatividad que solo florece cuando no hay nada que perder.
Y si pensábamos que la influencia de estos cineastas marginados se limitaba a las sombras, estábamos equivocados. Sus experimentos espaciales se han filtrado en la arquitectura, el urbanismo y la política cultural. En las calles y barrios de ciudades como Detroit, Barcelona o Buenos Aires quedan las huellas de esos cineastas olvidados que, con sus cámaras improvisadas y presupuestos mínimos, transformaron espacios en decadencia. Su mirada, lejos de ser nostálgica, reivindicó la ruina como un espacio vivo capaz de generar comunidad e identidad.
Aunque el cine nunca pretendió rediseñar las ciudades, lo logró. Creó una forma novedosa de ocupar los espacios sin necesidad de legitimidad, permisos o recursos. La urgencia se transformó en arquitectura, mientras que la precariedad se volvió lenguaje. Hoy, las estrategias temporales resultan innovadoras, a pesar de que nacieron de la oposición al sistema y no de su aceptación. Lo que antes fue un acto de resistencia, ahora se vende como una representación cultural en donde el espacio aprende de la desobediencia, pero ignora quién se la enseñó.
por: Sofía Cepeda Español
Bogotá, 12 de noviembre de 2025.


Comentarios