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Justicia Divina

  • Johanna Vaca
  • 1 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

El ruido blanco del televisor llenaba toda la habitación mientras Slava intentaba sintonizar la vieja antena. Me sugirió, en tono de broma, que debimos elegir otro motel. Pero luego se corrigió, con esa voz que usaba cuando hablaba consigo misma: “Este basurero era el mejor lugar en el centro para esconderse después de nuestro festín”. En el noticiero, una mujer anunciaba que el cadáver del Senador Bravo había sido hallado incinerado cerca de un callejón del Teatro Colón. Slava soltó una carcajada y tachó otro nombre en su lista de corruptos que se fueron a la mierda.


Yo la observaba desde la cama, aún con la adrenalina recorriéndome el cuerpo y mientras sentía desfallecer, intenté concentrarme en cómo lucía esa noche, ella tenía el cabello negro, liso, y una figura delgada que contrastaba con la brutalidad de sus actos, sin embargo, algo en ella me hacía sentir a salvo. Nunca supe su edad exacta, pero me atrevía a pensar que rondaba los treinta. Era dueña de la única librería que funcionaba hasta altas horas en la ciudad, y ahí fue donde la conocí.


Yo trabajaba medio turno en las tardes, mientras terminaba mis estudios y hacía malabares con un empleo en una agencia publicitaria como parte de mis prácticas de la universidad. Recuerdo que un viernes llegó a la agencia la invitación a una fiesta muy importante a la cual asistiría media cúpula del Senado. Nunca he sido fanática de ese mundillo; sin embargo, me pidieron ir en representación de la agencia para captar potenciales clientes, y así fue. Pasadas las diez de la noche llegué allí, y mientras “socializaba” y la velada avanzaba, yo me moría de ese aburrimiento que contagia la opulencia revuelta con pretensión. Así que salí a fumarme un cigarrillo lejos del salón, en un balcón perfecto para dar unas caladas y reflexionar sobre qué haría después de graduarme. 


Fue allí donde miré hacia abajo, y vi en un callejón al mismísimo Senador Bravo, famoso por escándalos de corrupción, tambaleándose de ebriedad junto a una dama alta que parecía sobria. Confieso que algo en ella me resultaba familiar. Hastiada del aburrimiento, decidí que lo mejor sería bajar y seguirlos. Pensé: probablemente sería más entretenido y me va a ayudar a matar las horas que me quedaban de trabajo. Al bajar, aún estaban allí en el callejón oscuro cerca del Teatro Colón, y mientras se besaban apasionadamente noté que algo oscuro bajaba por el cuello del Senador hasta que quedó inmóvil en el piso. ¡Dios mío!, para mi espanto, era sangre. No pude evitar soltar un grito ahogado, me llevé las manos frías a la boca, aun temblando mientras contemplaba esa horrorosa escena. De repente se giró la figura espigada y femenina hacia mí, con la sonrisa ensangrentada y soltando una macabra carcajada. ¡Me percaté que era Slava! En un abrir y cerrar de ojos ella estaba plantada frente a mí. Se acercaba a mi rostro mientras las gotas de sangre caían sobre mi piel y yo permanecía inmóvil. Sentí su aliento al lado de mi oreja, a lo que ella agregó apenas murmurando: justicia divina, amiga.

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