El Bigote
- Joaquín Otero
- 29 nov 2025
- 4 Min. de lectura
El bigote, siempre el maldito bigote.
Era todo cuanto solía oír….
—Ah claro, cómo olvidar tu bigote.
—El ingeniero del cuarto piso, el del bigote.
Parecía como si yo no existiese, cómo si toda mi mierda de vida se resumiera a eso, a una miserable mota de pelos castaños. No importaba lo que fuera capaz de realizar en el trabajo, —si es que tiene un bigote tan extenso que casi puede hacerle cosquillas en el mentón—. Quién podía darse cuenta que había cambiado el monóculo por anteojos, noooooo, —si ese bigote es tan lacio que debe ponerle aceite día y noche—.
Un bigote. Un bigote. Cómo si acaso fuera tan sólo eso.
No siempre había tenido bigote, no. Hace ya muchísimos años, me animaría a decir que en otra vida, todo era diferente. En aquella época tendría yo unos 17 años. Era joven, así como lo eran mis intereses. Estaba terminando el secundario y hacía unas pocas semanas que había comenzado a salir con Carlota. Dios, cómo la quería. Era la primera vez que estaba enamorado y sentía que no podía existir nada más poderoso que el amor. Así es, era joven. Joven e idiota.
No seguía con demasiado interés los sucesos internacionales pero sabía que la situación se estaba complicando. Fue por eso que realmente no me sorprendí cuando estalló la guerra. De hecho, mi estúpida pasión juvenil se emocionó. Batallas, heroicas hazañas, ¿qué más podía pedir un muchacho de mi edad? En la escuela, los profesores clamaban por la defensa del país y repartían panfletos que martillaban con su llamado a “luchar por la Nación”. Pocas palabras merecen menos que esa, ser escritas con mayúscula. Pero mis compañeros y yo éramos soñadores y acudimos felices a enlistarnos. Habrase visto tamaño desfile de estúpido ganado marchando alegre hacia el matadero.
Recuerdo que los primeros meses, los del entrenamiento, fueron como estar en una colonia de vacaciones. Éramos unos niños jugando a ser soldaditos. Nadie sentía miedo en ese entonces. ¿Cómo hubiésemos podido? Nos creíamos invencibles. Pero invencibles, ciertamente, no lo éramos.
Fue iniciando el otoño cuando me desplazaron rumbo al frente. Mi primer contacto con la realidad, aún lejos de las explosiones, fueron esas filas interminables de muchachos sin alma. Regresaban de combatir, el uniforme desgarrado, los pies cargados de plomo y, sobre todo, los ojos vacíos. Si hubiese tenido dos dedos de frente, hubiese huido en ese instante. Pero aún pensaba estar destinado a grandes cosas.
Una mañana comencé a oír el sonido de los obuses. No lo sabía en ese momento, pero ese horrendo sonido habría de acompañarme por el resto mi vida.
Cuando finalmente llegué al frente, gran parte de mi valor se había esfumado ya. La lluvia de proyectiles era constante. Poco importaba si se trataba de los nuestros o de los suyos. El olor era nauseabundo. Una hedionda mezcla de barro, pólvora, heces y carne putrefacta, de la que, al día de hoy, no me he podido despegar. Mi sargento, un pobre tipo que ni la culpa de haber nacido debía tener, me indicó en qué rincón de la trinchera debía instalarme. Aquel miserable pedazo de tierra se transformaría en mi hogar por los siguientes meses.
De nada servirá que les relate lo que debí soportar allí. Todos ustedes lo han oído. Todos han jurado que esa sería la última guerra. La que pondría fin a todas las demás. Pura mierda. Bastará decir que sobreviví, porque nada puede vivir allí, con el frío calándome los huesos y el alma, con la mojada ropa pudriéndose encima de mi cuerpo, con el hambre y el terror atenazándome el estómago y con Pedro, mi amigo y compañero de espanto. Durante esos meses combatimos lado a lado. Para bien o para mal.
Ese día, la mañana inició de manera extraña. Se suponía que esa misma tarde avanzaríamos sobre las posiciones enemigas. Cosa rara, mientras desayunábamos, una paloma se posó cerca nuestro. Inocentemente, lo tomé como una buena señal. A los pocos minutos, se desató un puto infierno. Juro que eran decenas las explosiones que reventaban por segundo. De repente, entre un trueno y otro, pude percibir un pitido que se hacía más y más fuerte. Un instante después, todo era negro. Sentí que no podía moverme. Conseguí abrir los ojos y lo vi. El rostro de Pedro, a menos de un metro del mío, lanzaba un desesperado grito ahogado que nunca saldría de su boca repleta de tierra. Me quedé allí, sofocándome poco a poco, la vista clavada en la cara del pobre Pedro que me aguardaba en su destino. No sé cuánto tiempo habré estado allí. De hecho, no estoy seguro de realmente haber salido de ese pozo. Cuando finalmente unas manos me sacaron de mi tumba, yo había cambiado para siempre. Me llevaron a una tienda de campaña y unos días después estaba recuperándome en un hospital. Lejos del frente.
Allí me quedé semanas. Y cuando mi cuerpo se hubo recobrado, me quedé varios meses más, intentando recomponer algo de mi antiguo ser. Fue durante ese periodo que me dejé crecer el bigote. Cada vez que me miraba al espejo, lo veía a él, al desgraciado de Pedro. Y en lugar de mi boca, veía la suya, intentando vomitar esa tierra negra de su reposo final. Ese bigote fue el que me permitió volver a retomar algo parecido a una vida normal. Gracias a él pude ocultar ese espantoso rictus que veía una y otra vez en mi rostro. Gracias a él volví a estudiar y conseguí un trabajo. Nunca volví a ver a Carlota. ¿Qué podría haberle dicho?
Como les decía, gracias a mi bigote conseguí tener algo que llamaremos vida. Pero todo el mundo me hablaba constantemente de él. Y cada vez que lo hacían, volvía a sentir los pies en el putrefacto fango de la trinchera. Pero ya era suficiente. Ya había pasado demasiado tiempo. Ese día me puse mi mejor traje. Un hermoso traje de terciopelo marrón que había comprado para la ocasión. Me puse las gafas y me paré frente al espejo. Allí, me tomé el tiempo de mirar mi rostro con atención, de escudriñar mi bigote por última vez. Lo analicé en detalle, intentando encontrar en ese espejo al muchacho que había sido antes de tener ese bigote.
Sin despegar la mirada del espejo, el hombre tomó la cuchilla de afeitar con su mano izquierda, mientras murmuraba. –La guerra, siempre la maldita guerra.



Comentarios