La planta baja
- Yeraldin Guerrero

- 3 dic 2025
- 3 Min. de lectura
El piso seguía sintiéndose frío aún después de estar tanto tiempo sentada en él, era como si la temperatura de mi cuerpo fuese incapaz de cambiar en algo la sensación térmica de la superficie más próxima. Había perdido la cuenta de las horas, estaba inmersa en mis pensamientos sobre el lugar y sobre lo que ahí me había ocurrido. Sé que en medio de las cejas tenía la expresión de la incertidumbre: me queda claro que la historia es la que uno recuerda, pero también la que los demás le cuentan a uno.
Me puse de pie, me acerqué a la ventana. Seguía de día. Estaba segura de que habían remodelado la casa, porque cuando miré hacia arriba desde el interior, parecía uno de esos edificios en los que un único dueño construye apartamentos contemporáneos; de manera que quise subir, pero la curiosidad me ganó el pulso y bajé las escaleras para ver los cambios que tenía la planta baja.
Al descender, encontré que no había nadie presente, pero era claro que alguien aún habitaba el espacio: en la sala había un sillón verde oliva de tres puestos, un comedor en madera y sobre su mesa dos platos vacíos evidentemente sucios, en la habitación principal, una cama grande y destendida cuyo cabezal tenía un vistoso trabajo artesanal, un armario y sobre él, un gran televisor de cola; en la habitación contigua, había un escritorio desordenado: hojas arrugadas, fotografías, CD’s, un teléfono celular con desgaste en las teclas, una taza vacía y un organizador lleno de lápices; en el pasillo había un recibidor y sobre él, un teléfono blanco y un espejo sucio de forma redonda.
Descolgué el teléfono, lo tomé. Al ponérmelo al oído, noté que tenía tono, escuché atentamente cada pitido y colgué. Entré en el baño, me ví al espejo y no me gustó verme cansada. Abrí el primer cajón del mueble del lavamanos, encontré entre algunos productos, un bloqueador solar con signos de uso que había sido descontinuado hacía muchos años. Pensé que una de estas personas tenía gustos similares a los míos, porque se las había arreglado para conseguir ese producto, que era el que yo también usaba.
Regresé a la primera planta, seguí subiendo las escaleras y encontré en el segundo piso una puerta, una réplica de un cuadro que nunca me gustó, rosas en un florero y un pasillo opuesto iluminado. Seguí subiendo y en el tercer piso encontré con sospecha el mismo escenario: una puerta, una réplica, rosas y un pasillo iluminado; en el cuarto piso todo era exactamente igual y tuve miedo porque seguramente, si seguía subiendo todo iba a repetirse en bucle. Abrí la puerta, ingresé en el apartamento del cuarto piso y noté que éste tenía una disposición organizada, nada tenía señales de uso; bajé desesperada a la tercera planta y la escena se repitió. Sentí que ya había vivido ese momento de infames bucles, que debía irme y con el corazón acelerado corrí hacia la planta baja, descolgué el teléfono y marqué su número:
-Aló, ¿Mercedes?
-Creo que estoy en la casa a donde fuimos a vivir después de que nos hicimos novios. Encontré el bloqueador que usaba y descontinuaron.
-Vuélvete a dormir.
-Es de día y ni siquiera estoy en la casa, ven por mí.
-No puedo ir por tí.
-¿Por qué no?
-Porque ya no estamos juntos, además, me volví a casar.
-¿Cómo que te volviste a casar?
-Sí, me volví a casar.
-¿Y no me extrañas?
-Por supuesto que te extraño, vivo con tu vacío todos los días. Extraño tus desprecios, tus momentos lúcidos, tu piel y tu cabello enredado.
-Por eso, ven por mí.
-No, Mercedes. Vuélvete a dormir, descansa.
-No me cuelgues.
-Alma mía, alma bendita, mañana te mando decir una misa.
Bogotá, 22 de marzo de 2025



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