Lo absoluto e inconmensurable del tiempo: la extrapolación a las artes literarias
- Yeraldin Guerrero

- 18 oct
- 5 Min. de lectura

Para los seres humanos, el constructo del tiempo trasciende la incidencia absoluta sobre las formas de vida en la Tierra, porque no sólamente es eso inapelable que transcurre y estructura nuestra existencia, sino que también es la extensión misma del intelecto. El hombre —anthropos— ha dejado de solo vivir el tiempo, con el fin de nominarlo y modificarlo en los mundos posibles de sus formas orales y escritas, usarlo como motivo principal, como tema, y a su vez, como andamiaje en la literatura. Los grandes problemas del tiempo constituyen los axiomas que para nosotros él representa, de manera que el abordaje que le damos en nuestras artes escritas atraviesa lo ontológico, lo afectivo, y en últimas, lo técnico del oficio mismo de la escritura.
De muchas maneras posibles, nuestra relación con el tiempo y los conflictos subyacentes a ella componen la interacción que tenemos con nosotros mismos, porque no sólo el ejercicio de la memoria se involucra en la praxis de la escritura, sino que involucramos los límites de nuestra imaginación, manipulando la linealidad de las circunstancias, dialogando en el texto con esas posibilidades que se abren ante el uso del lenguaje como herramienta con la cual se puede doblar el tiempo, multiplicarlo y desordenarlo.
El sentimiento de una frustración profunda por cómo se da la vida humana, en el orden en que se presenta: nacer, crecer, reproducirse y fallecer, fue lo que llevó a Mark Twain a presentar una queja célebre que más tarde inspiraría a Scott Fitzgerald a invertir el tiempo en el cuerpo de un hombre hecho anomalía biológica: El curioso caso de Benjamin Button (1922) explora esa posibilidad consciente de la contemplación como ejercicio de aprendizaje, el paso revitalizante de los años como un aliciente para disfrutar la vejez, y el carácter obligatorio de la juventud al final de la vida a fin de gozar en plenitud la sabiduría que deja la experiencia en la Tierra.
Asimismo, Alejo Carpentier, desde este juego imposible en la realidad de lo material, hace posible un viaje al fondo de sí mismo a través de la aparición y desaparición de los elementos, personas y costumbres que rodean al narrador conforme el tiempo retrocede y el cuerpo vuelve a su estado primero en El viaje a la semilla (1944). Esta posibilidad también emerge como una alternativa que brinda cuidados paliativos al vacío que deja lo que se ha ido y nos ayuda a cavar en la memoria para recolectar detalles y testificar una vida que ya no se vive, un amor que ya no se siente, una tranquilidad extinta o una probabilidad marchita.
Marcel Proust, en los volúmenes de En busca del tiempo perdido, inspecciona las piezas de su pasado a fin de reconstruirlo y le permite al recuerdo de las sensaciones abrir de nuevo y suturar la herida que se siente con los cambios inevitables, productos de nuestro movimiento, de nuestro tránsito y de la madurez que irremediablemente llega con los años. Así, con este trío de obras referenciadas, podemos observar que alterar el orden natural del cronómetro humano u obsesionarse con él, es también explorarnos en otras vidas o en vidas anteriores, que quizás hubiesen sido más o menos satisfactorias, que nos hubiesen facilitado el acceso a esas cosas que el corazón anhela y no puede tener; convirtiéndose así en un tema.
Aunque Jorge Luis Borges en algunos ensayos y participaciones en conferencias (El arte narrativo y la magia, Siete noches y Otras inquisiciones) propuso cuatro constantes narrativas en la literatura occidental desde la antigüedad, todas están inapelablemente relacionadas con el tiempo: El regreso, en el que un héroe se encuentra transformado después de un viaje (La Odisea - Homero, El Aleph - J.L. Borges); El sacrificio de un dios, en el que una entidad cede algo de sí misma o su propia existencia para la consecución de un retorno atestado de cualidad (Edda Poética - Völuspá); La ciudad sitiada, (La Iliada- Homero), lugar en que la muerte y la guerra configuran el destino; y La búsqueda, en la que el héroe emprende un camino que lo llevará a encontrar algo que, con cierta frecuencia, transgrede su condición de objeto y lo vuelve símbolo de sí mismo (El Quijote - Miguel de Cervantes Saavedra, El señor de los anillos - J. R. R. Tolkien).
Además de encarnar el argumento transversal de los arquetipos —que ayudan a la comprensión global de la tipología general de las historias—, el reconocimiento y descripción consciente del tiempo en el que una narración se emplaza, resulta en el entendimiento agudo de las obras de largo aliento, así pues, Mijail Bakhtin, en Estética de la creación verbal (1979) establece que los cronotopos (χρόνος —tiempo—, τόπος —lugar—) brindan estabilidad tipológica a las novelas, pues acarrean consigo la comprensión semántica y temática de la obra, además de fungir como centro de orden de la misma. De acuerdo con Bakhtin, una novela puede tener tantos cronotopos como el desarrollo de sus arcos lo exija, siempre y cuando haya uno que predomine y establezca el código general en que la obra debe ser abordada. La multiplicidad de cronotopos es uno de los elementos por los cuales se destacan las obras compuestas por autores del boom latinoamericano, en la medida en que complejizan las narraciones y aportan precisión a la intención de las escenas: el anclaje y repetición de elementos de diferentes situaciones descriptivas del texto vuelcan la atención del lector hacia los detalles que tanto en lo literario como en la vida real, develan más de lo que a priori puede parecer.
Esto enunciado aparece en algunas obras notables del boom: Cien años de soledad (Gabriel García Márquez, 1967) y Rayuela (Julio Cortázar, 1963) son ilustración de ello. La obra de García en cuestión está compuesta por varias capas cronológicas —en Bakhtin llamadas cronotopos— en las que con cierta frecuencia el destino es clarividente de sí mismo a través de la repetición de patrones de conducta (aislamiento, exclusión, violencia, resignación y emociones fuertes); la germinación de relaciones imposibles y la atracción por el incesto; que en últimas, determinan cuál es el destino de cada personaje y cómo ese mismo se convierte en la norma de todo un grupo humano. Por otro lado, la obra de Cortázar superpone y confunde eventos, recuerda los detalles de una ciudad en un momento particular, evoca figuras de la literatura griega, presenta diferentes perspectivas y el orden de lectura puede variar para que los mismos hechos cuenten una u otra historia. En definitiva, el tiempo no sólo ordena los sucesos, sino que en su pluralidad posibilita y confecciona la técnica del autor.
Aunque la novela sea el paradigma que contiene estos elementos de lo ontológico, lo afectivo y lo técnico; no es el único género literario en el que habita lo aterrador, caótico y nostálgico del tiempo. En primer lugar, la poesía cuando busca belleza y expresa el insondable deseo, puede maniobrar la cronografía para enfatizar el motivo estético (Proyectos -Cristina Peri Rossi, 1976). En segundo lugar, el cuento, forma insignia en América Latina, juega con el desdoblamiento de una persona en aras de que ocupe dos espacios en simultáneo —bilocación— (El milagro secreto - J. L. Borges, La isla a mediodía - Julio Cortázar), conduce el estiramiento del instante anterior a la tragedia y acepta materialidades en las que los ejes (x, y, z) y la cuarta dimensión son elásticos y se someten a nuestro tratamiento literario y de vez en cuando fantástico, quizás porque en realidad nadie sabe con certeza qué es el tiempo, o por qué fue humano —anthropos— y no animal tratar de definirlo con nuestros modelos y nuestra matemática, de comprenderlo el marco de lo filosófico (Kant), o en este caso particular, de asirlo y manipularlo entre nuestras palabras, nuestro sentido de lo estético y los límites de nuestro pensamiento hecho lenguaje.
por: Angie Yeraldin Guerrero Martínez
Bogotá, 18 de octubre de 2025.


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