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Más allá de la maricada: un comentario sobre la obra de Luis Caballero

  • Foto del escritor: Alonso III Munévar
    Alonso III Munévar
  • hace 3 horas
  • 6 min de lectura

Ese día fui a ver a Caballero, el pintor, y perdí el viaje porque el museo estaba cerrado. Odiosos horarios; suelo olvidarme de ese tipo de cosas. Las personas asociamos el cierre de los comercios con el día domingo, no con el martes. Resulta, sin embargo, que un museo no es un comercio y es justamente el domingo el día en el que estos espacios, tal como las iglesias, reciben el mayor número de visitantes. Esta asociación entre museos e iglesias es menos gratuita de lo que parece.


En fin, crucé la calle y me quedé en la biblioteca. Hacía un calor inmundo y yo solo quería un café de seis de la tarde con esa brisa bogotana de seis de la tarde. Así que, decidí leer por hora y media, dándole tiempo al tiempo para que el sol bajara un poco. Estando en la sala de lectura, mientras me disponía a abrir el libro que me acompañaba por aquellos días y aún con la desilusión de no haber visto los cuadros que pretendía, recordé que en el repositorio se encontraba un libro de cartas que Beatriz y Luis intercambiaron durante casi tres décadas. Un libro que yo, como devoto amante del pintor en cuestión, había estado buscando hace unos meses y que resultó imposible de encontrar en las librerías de nuestra ciudad pues solo estaba disponible para lectura online. Una tragedia para el anciano de 29 años que soy yo. Me puse de pie entonces e hice todo lo necesario para que ese libro, que solo está disponible para lectura en sala, llegara a mi mesa. Al menos así tendría una pequeña dosis de Luis y su pintura para ese día.


“Yo aquí estoy desesperado porque nada que aprendo a dibujar, pero eso es lo de menos, aprenderé, estoy seguro; pero es que hay momentos en que me entra una desesperación, una desilusión de no poder hacer lo que quiero, terrible. Es espantoso el tener en la cabeza los cuadros más sensacionales y saber que no los puedo hacer. Me consuelo pensando que es que no sé dibujar y que algún día aprenderé. Boberías, estoy empezando a pensar que nunca llegaré a pintar. Es demasiado difícil”.  


Fragmento de carta a Beatriz González (ca. inicios de 1963).

¡Pobre de mí, no soy sino un triste pintor!: Cartas de Luis Caballero a Beatriz González


«Tranquilo, Luis, usted va a aprender a pintar —me habría gustado responderle—; lo difícil en la vida es todo lo demás». Pero esa carta se escribió décadas atrás y yo nací en el 96. Llegué treinta años tarde a esa conversación.


Ese día, es decir, al día siguiente fui a ver a Caballero, el pintor, y esta vez no perdí el viaje. Hice la caminata usual hacia la gran sala de maestros del siglo XX, donde habitan solo algunas de sus obras: seis cuadros de gran formato, para ser exactos, que capturan el tránsito entre Luis antes de convertirse en Caballero. Una curaduría exquisita que denota el progreso sufrido (en todo el sentido de la palabra) por el pintor, que aunque su yo del 63 no se lo creyera, llegaría a ser uno de los pintores más prolíficos de nuestro país. Al contemplar la hilera de lienzos organizada de manera cronológica, pienso en dos cosas:


Figura 1. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.
Figura 1. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.

La primera, ¿Qué pasó de aquí a aquí?


Figura 2. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.
Figura 2. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.

Desde un punto de vista meramente técnico se puede evidenciar que se trata de ‘dos pintores completamente distintos’. El de la izquierda es un joven de veintitrés años que, a mediados de los sesenta, se alineaba con el arte pop norteamericano y manifestaba un aprecio cada vez mayor por colores vibrantes cercanos a los de Allen Jones y Nicolas de Staël. El de la derecha, por el contrario, es un pintor maduro, más cercano a la brutalidad neofigurativa de Bacon —quien aislaba a sus sujetos— y que poseía la fuerza gestual de la pincelada de De Kooning. Para Caballero, la pintura tenía que verse, no leerse; esto en relación a su desprecio por el arte conceptual y las vanguardias, a las que terminaría llamando «jugueteo intelectual». 


Ya en el 68 se puede ver una evolución en su dibujo: hay mucho más movimiento y gesto. Todo era muy colorido por aquella época. Hacia 1970 su trazo y el dominio del color habían madurado. En el 72 empieza a jugar con sombras que tienen cada vez más contraste, a lo Caravaggio, y un año más tarde se empieza a evidenciar que la gama de color se torna cobriza, entre tonos tierra y verdosos. Es a finales de los setenta que empezamos a ver la lucha de cuerpos no solo en el óleo —técnica que dominaría a la perfección—, sino también en la litografía, el grabado y la serigrafía. 


La segunda pregunta que me hago es: ¿Qué pasó de aquí a aquí?


Figura 3. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.
Figura 3. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.

Ya no desde una perspectiva técnica. 


«Soy marica, ¿y qué?», diría Luis en una entrevista durante los años setenta. Había salido del clóset, pero cabe preguntarse: ¿quién salió primero, el artista o la obra? Más que el énfasis en el erotismo, la carga de Caballero está puesta en la desnudez y ojo, hablamos de desnudez no de pornografía como se le ha querido llamar por aquellos ignorantes atrevidos, ya que en su obra Caballero busca la estética y la emoción, no la mera excitación. Y por otro lado, así como nadie presenta a sus amigos diciendo: «Hola, te presento a mi amigo gay», resulta incomprensible por qué el mundo del arte insiste en etiquetar a Luis de forma exclusiva como el artista queer por excelencia.


Figura 4. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.
Figura 4. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.

Tras su salida pública del clóset, Caballero empezó a pintar desnudos masculinos de manera casi ritual. Pintaba repetidamente, obsesivamente, como añorando eso que no se puede tener y que él apenas si rozaba en cada una de sus pinceladas. Era el Eros vs. el Tánatos: cuerpos desnudos devorándose, amándose y devorándose una vez más. «El cuerpo soy yo», afirmaría años más tarde. El cuerpo desnudo que se convierte en paisaje para hablar de la soledad, el placer y la mortalidad.


Figura 5. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.
Figura 5. Selección cronológica de la exposición de Luis Caballero, Museo de Arte Miguel Urrutia -MAMU-, Bogotá, Colombia. Fotografía del autor.

Veinte años después, en febrero de 1992, Luis fue diagnosticado con VIH/sida. Si bien, su obra ya se inclinaba hacia el erotismo y el deseo vital de un cuerpo por poseer a otro, es después del diagnóstico que Caballero nos empezaría a mostrar al cuerpo descarnado, desbaratado.  Sus últimas series de dibujos muestran trazos urgentes, violentos y oscuros: los famosos  «cuadros negros», otra manera de llamarle, creo yo, al triunfo trágico de Tánatos. Luis ya no pintaría el deseo ni la sensualidad del cuerpo, sino su inminente desaparición.


"Nací en un país latino profundamente religioso violento y fanático. La religión dominó mi infancia. Religión de imágenes, resueltamente visual. Aprendí con esas imágenes a amar y a desear. Todavía me obsesionan y siguen siendo la base de mi pintura. Quisiera poder experimentar frente a las imágenes que produzco ahora el mismo sentimiento de adoración y deseo que me invadía de niño en las iglesias" [...] En mi caso, esa "imagen necesaria" que busco ha sido siempre la misma. No el mismo cuadro, sino la misma imagen: la belleza del cuerpo del hombre, la tensión entre los cuerpos, su relación de deseo o de rechazo, su necesidad de unión. He intentado hacerla de muchas maneras -realista, expresionista, formalista-, perdiéndome cuando olvidaba que, esas maneras eran sólo caminos. Esta vez intento una vez más crear esa imagen necesaria. Intento hacerla real, y más aún, sagrada (y la pinto en esta galería que fue una iglesia: es decir, un lugar consagrado). Esa gran obra es, para empezar, una obra grande. Un cuadro de gran tamaño que permite, más que otro formato, una reflexión plástica completa. Un cuadro en el cual 'quepa' físicamente todo lo que siempre he pintado: el hombre solo, vivo, muerto, sufriendo, amando, y a la vez bello y terrible, y en su relación con otros hombres, de deseo, o de compasión; y, también mis sentimientos: adoración ante la belleza y la fuerza, y ante la fuerza caída”. 


Luis Caballero, Me tocó ser pintor (Bogotá: El Áncora Editores, 1986)



Ese día fui a ver a Caballero, el pintor, y perdí el viaje porque ya no había cuerpo y el cuerpo era él. 


Palabras de Alonso III Munévar



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