Variaciones del afuera y ventanas del adentro
- Sofía Cepeda

- 11 jul
- 5 min de lectura
Siempre me ha resultado interesante el acto de mirar por la ventana, y eso me ha permitido entender el valor de las mismas. Cuando era pequeña, me gustaba estar frente a una y ver lo que sucedía; la verdad es que no buscaba nada en específico. Me llenaba de fascinación pensar en que, detrás de cada ventana, existía un mundo completo: personas que despertaban a distintas horas, que tenían otras preocupaciones y formas de entender la vida. Desde mi lugar había fragmentos de luz, situaciones que parecían insignificantes y que, sin embargo, contenían universos enteros. Nunca veía la historia completa, y es justo ahí donde residía su poder.

No me refiero únicamente a la ventana física, sino a todo lo que representa: una apertura, una posibilidad, una forma de reconocer que existe algo más allá de los límites inmediatos de la experiencia. Las ventanas permiten que entre la luz, pero también permiten que entren las preguntas. Toda imagen está atravesada por sistemas culturales, símbolos, memorias y referencias compartidas. Interpretamos constantemente: traducimos, asociamos, completamos aquello que no está presente. En ese sentido, una imagen funciona como una ventana, no porque reproduzca fielmente la realidad, sino porque nos permite asomarnos a una versión posible de ella.
Durante mucho tiempo pensé que la diferencia residía en los objetos observados. Con el tiempo entendí que la verdadera diferencia está en la mirada. Dos personas pueden contemplar el mismo paisaje y habitar universos completamente distintos. Pueden compartir un espacio, una historia o un instante y, aun así, construir significados radicalmente diferentes. Cada ser es el paisaje que intenta descifrar.
Lo que parece estable es solo un instante detenido en el vértigo de una transformación constante. Basta un destello de luz o un rayo de sol para que la sombra se disuelva y revele su verdadera condición. Lo que ayer fue sólido se convierte en bruma; lo que parecía claridad ya no lo es; lo que se creía eterno se fragmenta en matices desconocidos.
"La visión —esa frágil interfaz entre el cuerpo y el mundo— es un artificio en constante colapso. El ojo, en su aparente precisión, miente".
Nada es más engañoso que la claridad. Creemos que ver es entender, que la luz es verdad, que lo visible es suficiente. Pero la visión —esa frágil interfaz entre el cuerpo y el mundo— es un artificio en constante colapso. El ojo, en su aparente precisión, miente. Cada color que creemos conocer es apenas un acuerdo temporal entre la materia y nuestra biología: una ilusión que el cerebro narra para sostener la idea de realidad.
¿Hasta qué punto vemos o somos vistos? ¿Quién percibe a quién cuando el color se disuelve? La mirada no pertenece solo al ojo; se extiende hacia la piel, hacia el oído, hacia la memoria. Hay colores que no pueden ser vistos, pero que vibran dentro de nosotros con la intensidad de lo que no necesita ser comprobado: lo invisible también tiene cuerpo. Cada mirada es una hipótesis del mundo, un intento de aproximarse al misterio sin tocarlo del todo. El color no está en los objetos ni en la luz: habita en el intervalo entre ambos, en el punto exacto donde la realidad se refracta en nosotros.
Ver es una forma de vulnerabilidad, ya que, cuando el ojo se abre, también se expone. Cuando el color irrumpe, transforma. No se trata de comprender, sino de permitir que la experiencia nos desborde. Mirar y mirarse es un gesto circular: observar el mundo y permitir que el mundo nos observe de vuelta. Es entender que cada percepción nos esculpe, que toda visión deja huella, que cada forma que contemplamos puede ser también una forma de autoconocimiento.
Ontocroma nació de la necesidad de abrir una de esas ventanas.

Aunque el arte ha estado presente en mi vida desde hace mucho tiempo, necesitaba encontrar una forma de acercarme a las cosas que no comprendía del todo: la manera en que otras personas habitan el mundo, las múltiples formas de percibir una misma realidad y las infinitas interpretaciones que pueden surgir de una sola imagen. Tal vez por eso la idea de la ventana sigue siendo importante para mí. No porque aparezca representada en distintas formas de arte, sino porque simboliza el gesto que dio origen al proyecto: abrir una posibilidad de mirar más allá de uno mismo.
Como proyecto transmedia, Ontocroma no busca habitar un único soporte ni producir una única lectura. Su naturaleza responde a la convicción de que ninguna forma de representación puede contener por sí sola la complejidad de la experiencia humana. Por eso, las imágenes, los procesos gráficos, las intervenciones, las narrativas y las distintas materialidades que conforman el proyecto funcionan como capas complementarias de una misma exploración.
Las ventanas que sugiere el proyecto son umbrales entre perspectivas: lugares donde distintas formas de entender el mundo pueden coexistir, espacios donde lo visible y lo imaginado se encuentran. Lo que interesa no es alcanzar una verdad definitiva, sino acercarse a las múltiples formas en que la realidad puede ser percibida, en donde la pregunta por el Otro ocupa un lugar central dentro de esta búsqueda. No como una categoría abstracta, sino como la posibilidad de reconocer que existen experiencias que nunca podremos habitar completamente. Cada persona construye su mundo a partir de relaciones particulares con el color, la memoria, el lenguaje, el cuerpo y el entorno. Comprender al Otro quizás no consista en ocupar su lugar, sino en aceptar la existencia de perspectivas que exceden la nuestra.
"El color, como el tiempo, como la memoria, como el deseo, se reconfigura constantemente. Y en esa reconfiguración nos revela lo esencial: que lo real no está dado, sino percibido, y que en cada percepción se esconde una poética distinta".
En esta multiplicidad está también la belleza del color como experiencia colectiva. Cada persona que ha recorrido el proyecto —a través del libro, la instalación o el cortometraje— ha construido su propio Ontocroma: único, efímero, íntimo. No hay dos recorridos iguales porque no hay dos ojos que vean igual ni dos cuerpos que recuerden con los mismos matices. El color, como el tiempo, como la memoria, como el deseo, se reconfigura constantemente. Y en esa reconfiguración nos revela lo esencial: que lo real no está dado, sino percibido, y que en cada percepción se esconde una poética distinta.
Y en su transformación reside su no-verdad más profunda: el color nunca es uno, nunca se fija, nunca se repite del todo. Como un caleidoscopio, gira en espiral sobre sí mismo, rompiéndose y recomponiéndose a cada instante. Lo que parecía sólido se fragmenta; lo que parecía caos se ordena en geometrías inesperadas. Ontoncroma no es el centro; es el instante en que los fragmentos se alinean, aunque sea por un segundo, y dejan ver lo que jamás podrá decirse del todo. Y luego, como todo color, desaparece. Solo para volver a aparecer —más adelante, más dentro— con una forma nueva.
Palabras de Sofía Cepeda Español



Ontocroma lo máximo. Felicidades.