Sobre mal escribir
- Alonso III Munévar

- 5 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Una cosa surge y luego la otra. Dejé de creer en los rituales de escritor cuando me di cuenta de que me enfocaba más en el ritual que en la escritura misma. Empecé a guardarme esos rituales para mis entrevistas imaginarias e incluso para esas que no lo eran. Mi figura de catedrático-escritor o de escritor-catedrático, mi versión divina porque la humana es la que mal escribe las páginas imposibles de mi novela imposible.
He intentado escribir en todos los formatos: a mano, a máquina, con lápiz y borrador, con esfero y con pluma. He mal escrito en cafés, en hoteles, con música y sin ella. He mal escrito en las mañanas, en las tardes y en las noches, en una que otra madrugada, alguna vez que otra en la mañana tarde y muy de vez en nunca, en la tarde noche también. He establecido rutinas de escritura que me duran tan solo un par de días hasta que fracaso de nuevo y entonces establezco una nueva rutina. Mal escribo en sillas, en sofás, después y antes de leer. En ocasiones simplemente ya no leo más porque es peor, me paraliza. En algún momento dejé de disfrutar de la literatura y maldecía a todos aquellos que lograban poner una palabra tras otra sin ningún tropiezo aparente. Las peores reacciones las he tenido cuando me doy cuenta de que un relato me ha fascinado, me ha hecho su presa, su amante y quiero seguir leyendo. Me pregunto por qué me mantiene cautivo y me retiene cuando en lugar de estar leyendo esas malditas pero hermosas páginas, una tras otra me alejan de las mías, de las que yo debería estar escribiendo, de las que yo debería estar bien escribiendo.
Hablando de rutinas y en un intento desesperado por hilar aunque sea un mínimo de palabras, he hecho mis propias investigaciones para ver qué rituales de escritor puedo adaptar y/o robar, pero es tan solo otro intento falso y en falso. Soy tan infantil que doy gracia, soy tan infantil que me doy pena. Pasé de ser el escritor a ser el lector y del lector al personaje: uno patético, impedido. He dejado incluso de verme con amigos y familia por semanas, cuando mi patetismo no los excusa sino que los acusa de ser una distracción para mi escritura.
Ser la gloria de un tiempo ya pasado debe ser difícil. Aún así, lo realmente trágico es ser la vergüenza de algo que todavía no sucede porque la ansiedad siempre es y será más intensa que la nostalgia. Me estanco entre líneas, no importa cuánto vino, cuántas mujeres, cuántas penas o debacles; la distracción siempre se presenta como un demonio de mil caras. Si no son los quehaceres de la casa, es la facultad. Si no es la facultad, son las necesidades fisiológicas, si no son las necesidades fisiológicas es el teléfono, el cartero, los gritos en la calle, es cualquier cosa. Aún así, existe un escenario todavía peor: lograr tener el tiempo y el espacio perfectos, sin distracciones, para luego no tener nada que decir o simplemente querer decirlo todo pero no saber cómo hacerlo.
No soy más que un nene literario; lloro, grito, estoy seguro de que he pataleado y no paro de hacerlo a ver si así me entienden porque el lenguaje aún no me ha sido revelado. No sé cómo expresar que tengo hambre de ser alguien, que me duele no serlo, que me caga no poder hacerme entender. Por momentos he pensado arrogante e ingenuamente que se debe a la elevación de mi pensamiento lo que hace que sea mucho más complejo ponerlo en palabras, como si existiera un sistema de castas del pensamiento. Luego de unos días reviso lo escrito y me doy cuenta de que no es un problema de elevación, soy simplemente un idiota. ‘Se nace con talento o no’, solía decir mi padre. En mi caso, prefiero decir que se nace con talento o no se nace.



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