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¿Y qué podría decir de mí?

  • Mateo Aldana
  • 8 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

—Llevas años llorando desconsoladamente, ¿y qué me dices de eso?—, me dijo.

—¿Y qué  me dices de qué?


 Ya lo sabíamos. Bueno, ella sabía que llevaba sobre mis hombros el peso de un profesor de nuestro colegio que hizo trizas la confianza de ella, pero que llegó a afectarme como si lo estuviese viviendo en carne propia; y cómo un amigo mío, famoso por su elocuencia, falleció de un cáncer del que no teníamos conocimiento ninguna de las personas de su círculo más íntimo; o cuando se llevaron a un asilo, por demencia, a la abuela que todos adorábamos, así que visitarla implicaba atenerse a que no nos reconociera e incluso, que quisiera luchar contra nosotros.


Yo era alguien comprometido con todo eso, pero lejos de la realidad. Quería hacer algo más que simplemente "saber". Entonces, recopilé recuerdos que cambiaron mi vida, seleccionados con  mucha delicadeza para construir un corpus de melancolía, uno que pudiera llevar a mi casa, a mi trabajo, a las calles, a los aparcamientos gratuitos, a los restaurantes sucios y de mala calidad,  y tener algo a lo que aferrarme y simplemente decir: "Así que eso es un sentimiento". 


En estos días, he dado vueltas sobre mis recuerdos de años pasados, recuerdos que me hacen llorar de una manera en que solo tú, Felicia, has visto. Reprogramaré nuestro compromiso, lo necesito, nos casamos mañana. Sé que quizá tengamos que cambiarlo todo y que los invitados se molestarán muchísimo, pero fuiste tú quien me dijo que el matrimonio no era para tanto. Sabes que hay cosas muy importantes, y después de tres separaciones, un ex marido muerto y un balazo en la pierna derecha que te hizo perder movilidad —impidiendo que alcanzaras tu sueño de participar en las olimpiadas de natación—,  nadie comprende mejor que tú mi necesidad de llorar, y de llorar mucho.

Quizá me equivoque, sé que estoy a favor de convertir los problemas y sentimientos de todos en el centro de mi trabajo y de mi vida, pero solo soy un columnista de setenta y dos años que creó su sueño de ser un escritor poderoso basándose en los demás. No soy nadie sin ellos, no obstante, Felicia, tú decidiste casarte conmigo... casándote con la historia que me acerca a ti, porque probablemente sea el único recuerdo que amas de nosotros.


Ojalá,  al verme, vieras más en mí, pero no me pertenezco más a mí de lo que yo te pertenezco, así que ¿qué pasa? Los dos sabíamos que nunca fui nadie.


—¿Y qué me dices de eso? —, me dijo ella, como aquella conversación que tuve a mis diez y siete años con mi mejor amiga. ¿Pero qué podría decir de mí?

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